Un hombre quedó sobre el piso del Salón Bach, vestido de traje, corbata de rayas y zapatos bien boleados. Estaba boca arriba, con los ojos abiertos y los brazos extendidos. El agente de la policía que acudió a la escena del crimen no tenía idea de quién se trataba. Néstor Arana escribió el reporte sobre papel cebolla el 6 de abril de 1932: a las 11:30 de la noche un hombre –Guti Carles, apuntó–, había resultado muerto luego de una riña, en el número 32 de la calle Madero, en el centro del Distrito Federal.
Según sus primeras investigaciones, había muerto en una pelea de celos por “una mujer”. El policía Arana también revelaba sin dejo de remordimiento que, durante las primeras horas después del asesinato, una cantidad de personas se aglomeró para intentar ver al difunto, por lo que no se pudo resguardar el lugar de los hechos. Eso sí, el agente reconoció en su informe la gran eficiencia de otro policía, el número 90, quien a pesar del gentío, logró correr desde la calle Motolinia y detener a un hombre bien vestido mientras se guardaba una pistola en la bolsa trasera del pantalón. Era el asesino.

Horas después del asesinato lograron cerrar la puerta de lámina del Salón Bach, una cantina frecuentada por poetas y artistas. Tal vez por eso, al agente Arana no le sorprendió que la gente intentara entrar para ver el cuerpo del hombre que yacía en el piso. Podría ser cualquier escritor de los “decadentes” que estaban de moda.
Nunca imaginaron que el hombre asesinado era Augusto Cárdenas Pinelo, conocido por todos como Guty Cárdenas, uno de los cantantes, guitarrista, compositor, bolerista y el máximo exponente de la trova yucateca. Apenas unos años antes, el presidente de Estados Unidos, Herbert Hoover, lo había invitado a cantar en la Casa Blanca. Era ese artista que grabó una canción –o quizás profecía– que decía en verso: “El día en que cruzaste por mi camino/ tuve el presentimiento, de algo fatal”.
Esta es una colaboración de ARCHIVERO para DOMINGA, que reconstruye este caso gracias a la desclasificación de expedientes olvidados entre cajones y viejas oficinas públicas. Historias como ésta revelan que en México la verdad oficial está siempre en obra negra.

La inesperada fama de un joven yucateco, Guty Cárdenas
De Guty Cárdenas se dice que nació rico. Era hijo de un pianista y una cantante y había crecido con todas las comodidades en Mérida, Yucatán. Según la Sociedad de Autores y Compositores de México, desde los 15 años empezó a componer y a una de sus primeras obras la tituló “Flor”. Es difícil encontrar la canción en su voz, pero en los videos que andan por ahí es posible escuchar la melodía como sonaba en un disco de vinilo, con ese sonido de tierra que se mete al oído:
“Murió de pronto, mi flor querida/ herré el sendero, perdí la calma/ y para siempre, quedó mi vida/ sin una estrella, sin una palma”.
Llegó a la fama muy joven. El éxito le llegó cuando en 1927 viajó al Distrito Federal para presentarse en el Teatro Lírico, en el número 46 de la calle República de Cuba. Un hermoso lugar construido en 1907 del que hoy sólo queda la fachada en ruinas. Ahí participó en el concurso La Canción Mexicana con su bolero “Nunca”, tal vez una de sus canciones más exitosas –cantada por otros famosos a lo largo de los años– que dice: “Yo sé que nunca besaré tu boca/ tu boca, flor de púrpura encendida”.

Entre 1928 y 1931 grabaría sus mayores éxitos en Nueva York al convertirse en uno de los artistas firmados por el gigante Columbia Records. Durante estas estancias cantaría para el mismísimo presidente de Estados Unidos y conocería a su esposa. Para 1931 regresó a México y se estableció en una casona de la Roma con su esposa Ann Patrick.
Ese mismo año compondría una canción polémica, “Corrido La República en España”, donde celebraba la caída en 1931 de la monarquía que encabezaba Alfonso XIII en ese país. Entre los círculos monárquicos de españoles en México causó indignación considerándola una verdadera ofensa. Los versos rezaban:
“A contarles vengo la última noticia/ que en el mundo entero la atención merece:/ hoy la vieja España es republicana/ y ya no es monarca don Alfonso XIII [...]./ Los republicanos, que ya eran legiones,/ tumbaron el trono el 14 de abril”.
Aún hoy no se sabe si Guti Cárdenas estaba cantando su sentencia de muerte.

Guty Cárdenas y sus amigos se había bebido media botella de coñac
En las cajas del Archivo Histórico de la Ciudad de México un pequeño expediente policial resguarda las primeras declaraciones y los informes del asesinato del cantante en el Salón Bach. De hecho, el primer interrogado de la noche sería el cantinero Enrique del Valle: testificó ante la Policía del Distrito Federal que a las 11 de la noche Guty Cárdenas estaba con un hombre con el que acostumbraba echar la suerte con las cartas.
En el reporte se lee como si sólo recordara destellos, porque lo que se le vino a la mente después es que, otro cliente, que también estaba en el Bach, Ángel Peláez Villa, tomó la pistola que llevaba Guty Cárdenas, lo sometió y después le disparó. El cantinero Enrique se echó a correr a la puerta hacia la calle Madero cuando de pronto sintió que algo lo impactó: Ángel Peláez le había disparado también a él en el brazo derecho.
Resulta que Ángel y su hermano José –un par de empresarios de Asturias que se habían establecido unos años antes en México y eran dueños de las famosas zapaterías Electra de la capital– habían ido a tomar unas copas esa noche al Salón Bach.

Según la versión de Ángel habían llegado a las 9 de la noche y ahí se encontraron con Guty Cárdenas; que para esa hora ya estaba totalmente borracho y estaba insultando a varios ciudadanos estadounidenses que estaban en el Bach, que sacaba su pistola y amenazaba con matarlos. Los hermanos Peláez dijeron que estaban sentados en el mostrador, cuando Guty Cárdenas se les acercó y les ofreció pasarse a los asientos privados del Bach. Hay fotos que resguarda el archivo del Instituto Nacional de Antropología e Historia que muestran lo esplendoroso que era este lugar.
Era una especie de salón señorial que asemejaba un palacete francés, de esos con monturas exageradas en los techos. Los privados eran dos asientos largos acolchados de cuero negro y en medio una mesa. Bastante parecido a los del salón La Ópera que está a unas cuadras y aún se mantiene en pie. En el Bach incluso había un mural del artista por entonces emergente, Juan O’Gorman.
Según los hermanos Peláez, lo acompañaron hasta su privado, donde estaba acompañado por una mujer joven y dos amigos más. En la mesa había media botella de coñac. Fue ahí cuando José Peláez comenzó una discusión con el cantante. Y decidieron retirarse. Pero cuando caminaban hacia la barra, Guty Cárdenas los alcanzó, le lanzó más insultos a José. Intentaron ignorarlo pero el cantante sacó su pistola y lanzó un disparo.
José alcanzó a sostenerse de Ángel y le dijo: “estoy herido, me han matado”. No fue así: José sobreviviría a ese disparo.

Más tarde se sabría que esta versión era una mentira y que los hechos no habían ocurrido así. La testigo estrella en el asesinato sería la señorita Rosa Madrigal, quien acompañaba a Guty Cárdenas esa noche. En su declaración ante la policía dijo que desde temprano habían acompañado a Guty Cárdenas a echar el trago. Estuvieron contentos cantando, tocando la guitarra con otros amigos cuando llegaron los señores Peláez.
Rosita dice que el pleito sí se armó en el privado y Guty los siguió hasta la barra para seguirles reclamando. Rosita le gritaba y le pedía que se regresara, que parara ya. Sin embargo fue Ángel Peláez el que sacó la pistola y le disparó al cantante. Ella corrió a esconderse en una pequeña zotehuela del cuarto del conserje. Salió de ahí cuando Guty Cárdenas yacía en el piso, muerto de tres disparos.
La versión de Rosita la confirmaron más tarde los agentes de la policía, detuvieron a Ángel Peláez cuando intentaba escapar de la cantina e incautaron una escuadra niquelada con cinco casquillos quemados.
El perito no pudo tomar fotos de la escena del crimen de Guty Cárdenas
Un informe pericial adjunto en el expediente, hoy histórico, revela que al examinar el cuerpo del cantante los médicos encontraron una herida de bala sobre el cuarto espacio intercostal derecho, es decir cerca de las costillas. El segundo balazo estaba en la cabeza, donde entró y salió el proyectil. También le dispararon en la columna vertebral.

“Ángel Peláez Villa, no obstante la declaración de los policías, negaba ser el autor de los disparos que ocasionaron la muerte de Guty Cárdenas. Procedimos a tomar un modelado de ambas manos”, dice el informe pericial.
El profesor Benjamín Martínez, director del laboratorio de criminalística, dejó un informe al entonces jefe de la policía del D.F. en el que reconocía que el reporte estaba defectuoso: durante la investigación tropezó con múltiples dificultades, entre ellas que no se preservó el lugar de los hechos. Se permitió el acceso a un numeroso público a la cantina.
“No obstante se solicitó en repetidas ocasiones que lo dejaran trabajar sin la molestia de la multitud y de curiosos, así como de conocidos de la víctima”, dejó asentado. “No me retiré del lugar en vista de que las declaraciones de los testigos eran contradictorias y consideré indispensable investigar hasta donde fuese posible”.
Otra complicación para los investigadores es que para hacer un análisis a profundidad requerían las fotografías del lugar y del cuerpo de Guty Cárdenas. El profesor Benjamín dejó un escrito vergonzoso: no le fue posible ya que no contaban con material para hacer las fotografías: “hasta la fecha no ha surtido el departamento central el pedido correspondiente”. En el expediente del cantante no hay fotografías.

Guty murió a los 27 años y Ángel Peláez Villa fue declarado el autor intelectual. Sin embargo, las investigaciones cortas de la policía (por falta de material como rollos de cámara), así como la reciente publicación del corrido antimonárquico, avivaron la teoría de que el cantante había sido asesinado en venganza por la canción. No hay registros exactos de cuánto tiempo pasó en prisión, sin embargo, según notas periodísticas habrían sido cinco años. Mantuvo su versión de que el asesinato fue un pleito de borrachos de cantina.
Hay registros de que al menos media década después, Ángel Peláez regresó a España en donde se alistó como soldado en la guerra civil del lado de los fascistas.
Paolo Sánchez Castañeda colaboró en la búsqueda de este archivo
LHM/GSC